Las vacaciones que cambiaron mi vida para siempre

Nunca he sido una persona valiente, me gusta tener las cosas controladas y organizadas (mi trabajo, mis vacaciones…) y salir de mi zona de confort siempre me ha puesto nerviosa. Trabajaba como médico de familia en un centro de salud de una pequeña ciudad de provincias, llevaba media vida casada con un hombre encantador y tenía dos hijos que estudiaban en la universidad y que ya planeaban independizarse. Vamos, que si alguien me hubiese preguntado, yo habría dicho sin dudar que yo, una mujer casi cincuentañera, era básicamente feliz.

Y un día, mi fantástico marido me soltó que había conocido a alguien, que necesitaba espacio para ordenar sus ideas… y me dejó por una chica veinte años menor que yo.

3Volver a empezar


De repente me encontré en una casa demasiado grande para mí sola, con todos los fines de semana libres y la sensación de que los demás me trataban como a una enferma. Mis amigas me llamaban varias veces al día, mi madre se presentaba en mi casa cada dos por tres para ver si estaba bien… incluso vecinos de la urbanización con quienes apenas había cruzado media docena de frases en los últimos años me miraban con compasión y me preguntaban si necesitaba algo….

¡Dios, cómo odiaba esa sensación! A veces decía, en broma, que prefería dar envidia a dar pena. Pero ahora lo pensaba de verdad. Para más inri, se acercaba el verano, que siempre pasaba con mi marido en un pueblecito de la costa. El mismo lugar y la misma casita alquilada de los últimos 15 años. Está claro que no iba a ir, así que necesitaba alternativas, pero el viajar sola me daba entre miedo, por no haberlo hecho nunca, y pereza, ante la perspectiva de conocer gente nueva.

Fue entonces cuando en el centro de salud alguien me habló de una ONG que buscaba voluntarios para ayudar en una pequeña clínica que habían abierto en la India. Era al norte del país, casi en la frontera con Nepal, una zona pobre y con una tasa de altabetización bajísima, donde hasta lo más básico era a veces un lujo.

2El viaje

Hablé con ellos, vi lo que hacían y lo que necesitan, lo que yo podía aportar… Lo pensé durante todo un fin de semana. ¿Qué demonios se me había perdido a mí en la India? Pero al final me lancé, junté las cuatro semanas que me quedaban de vacaciones, hablé con la ONG, me pagué el billete de avión y me planté en un país que solo conocía de lo que había visto en las películas y en las noticias.

Llegar al hospital donde iba a pasar las siguientes cuatro semanas fue una odisea, pero el recibimiento que nos hicieron a los cuatro que íbamos valió la pena y consiguieron que las incomodidades del viaje se quedaran en un segundo, tercer o quinto plano. Los primeros días pasaron muy rápido, entre que te acostumbras, te organizas y demás, cuando llegaba la noche caía rendida. Lo peor era el idioma, con mi inglés de instituto me apañaba más o menos, pero cuando me veía en apuros recurría como todos a Kiran, el director de la clínica, que hablaba español bastante bien.

Pronto encontré el ritmo de trabajo y descubrí que la rutina en la que había convertido mi vida los últimos años aquí no valía. Cada jornada era única, nunca sabíamos lo que nos íbamos a encontrar y enseguida descubrí que éramos un grupo heterogéneo, pero que teníamos inquietudes similares. Vamos, que teníamos muchos puntos en común.
Las cuatro semanas se pasaron volando. Mis hijos decían que me echaban de menos y yo estaba deseando verlos.

1Nueva vida

Y volví. Pero solo para arreglar algunas cosas y hablar con mis hijos. Eso fue hace seis años. Renuncié a mi trabajo en España y aquí me he encontrado a mí misma. Y eso que siempre he odiado esa expresión. Fui la única de mi grupo que se quedó, aunque mis compañeros siguen visitándonos cada verano. Ahora ya les puedo hacer yo de intérprete y aquí he encontrado una nueva y enorme familia. También he encontrado a un hombre maravilloso y digamos que Kiran ya no es solo mi jefe…

Mis hijos bromean con todo esto y dicen que si lo hubieran sabido jamás me hubieran animado a apuntarme a ese viaje. Han venido dos veces a verme y yo les veo poco pero sé que están bien. Y yo también.