Las confidencias de… Silvia Marsó: «El perfeccionismo me mata. Y no soporto la mediocridad»

Inquieta y curiosa, si no hubiera sido actriz, a Silvia Marsó le habría encantado ser pintora o músico... Cualquier cosa relacionada con las artes, aunque actuar es la pasión de su vida

Lleva casi 40 años de carrera (recuerda que su padre tuvo que firmarle un permiso para que pudiera actuar) y con 18 años, Silvia Marsó se convirtió en secretaria del recordado concurso Un, dos tres… Desde entonces no ha parado. Ahora está de nuevo sobre los escenarios con la obra Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Pero es consciente de que: “esta profesión fluctúa y un día estás en la cresta de la ola y otro haciendo trabajos minoritarios. No hay que creerse nada”.

Sueños y recuerdos inolvidables

¿Se han cumplido todos tus sueños profesionales?
He tocado todos los géneros y medios… drama, tragedia griega, verso clásico, teatro intimista, cine, televisión… pero sí me hubiera gustado hacer más cine. Aunque he hecho películas muy buenas.

¿Y los personales?
Me gustaría ir al Amazonas, es un sueño de infancia que espero cumplir porque amo mucho la naturaleza. Soy de Greenpeace desde que llegó a España.

¿Cuál es tu asignatura pendiente?
Hablar más idiomas, italiano, francés… No he tenido tiempo para estudiarlos.

Un momento inolvidable de tu vida.
El nacimiento de mi hijo, que ya tiene 19 años, eso es algo inenarrable. Es lo más grande que se puede hacer en la vida.

¿Tienes mascotas en casa?
Sí, una perrita que se llama Nana.

Defectos y virtudes

Un vicio confesable.
El chocolate negro. Me tomo todos los días una onza.

¿Cuidas mucho la alimentación?
Sí, pero es porque no me gusta mucho la carne, prefiero el pescado, no me sientan bien los lácteos… Eso hace que me cuide de forma natural.

¿Qué destacarías de ti? Un defecto y una virtud
El perfeccionismo me mata y mata a los que tengo alrededor. Eso a veces no es bueno. No soporto la mediocridad o las cosas hechas de cualquier manera. No dejo nada a la improvisación. Como virtud, quizá la entrega a los demás y que tengo mucho aguante. ¡Ah! y soy buena cocinera, aunque no está bien que yo lo diga. La cocina también es un arte y hay que tener un don. Las albóndigas con setas y los canelones de la abuela son lo que mejor me sale.

¿Cómo gestionas ese estrés que te provoca el ser tan perfeccionista?
Es complicado, hago yoga, pilates… Y me gusta ir al teatro como espectadora.

Un viaje que te marcó.
Cuando hice en teatro La gran sultana, en el año 1992, me fui a Estambul a conocer el palacio de Topkapi, que es donde transcurre la acción de la obra de Cervantes.

Teatro y otras pasiones

¿Dónde te perderías?
Ahora por toda España, porque estoy con la gira Veinticuatro horas de la vida de una mujer.

¿Hubieras deseado tener otra profesión?
No, si no hubiera podido ser actriz, me habría dedicado a otra cosa, pero relacionada con las artes.

Un libro.
El mundo de ayer o Carta de una desconocida, de Stefan Zweig.

Una película.
El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, que sembró en mí la semilla para ser actriz cuando tenía 10 años.

Una canción.
Mediterráneo, de Serrat.

¿Eres activa en las redes sociales?
Sí. Porque creo que para nuestro trabajo son muy importantes.