Todos hemos sentido alguna vez tristeza, enfado, angustia o ansiedad cuando no hemos conseguido el trabajo de nuestros sueños, hemos suspendido un examen, nuestro equipo deportivo ha perdido un encuentro o ese proyecto que hemos preparado con tanta ilusión se ha ido a pique. Vivencias emocionales que entran dentro de lo normal y se identifican con la frustración de sentir un deseo, una ilusión o una necesidad no satisfechos. Pero no todos afrontamos estos problemas
de la misma manera, es decir, no todos tenemos la misma tolerancia
a la frustración. Estos inconvenientes se pueden tomar como un obstáculo al que hay que hacer frente o como un gran drama. Todo depende de cómo hayamos aprendido a gestionarlos. Y es que
esto es algo que se debe trabajar desde la infancia.

La frustración en los niños

De niños, pensamos que el mundo gira a nuestro alrededor y que solo tenemos que desear una cosa para tenerla en el instante. Es ahí donde hay que empezar a trabajar la baja tolerancia a la frustración, que, en el caso de los menores, se debe a su inmadurez cognitiva. Si siempre que nuestros hijos quieren algo lo tienen, no aprenderán a tolerar el malestar que provoca no conseguirlo.

Creyendo que los hacemos un bien complaciéndoles evitando que se sientan tristes, perjudicamos su desarrollo, ya que, cuando sean adultos, seguirán sin saber enfrentarse a los fracasos.

Cómo saber si tienen baja tolerancia a la frustración

Aunque cada niño y adolescente es un mundo, hay comportamientos que se suelen repetir en aquellos que tienen una baja tolerancia a la frustración.

Señales de alarma:

  • Les cuesta bastante controlar sus emociones.
  • Son impulsivos e impacientes porque quieren satisfacer sus necesidades inmediatamente.
  • Son exigentes y demandantes.
  • Son egocéntricos: piensan que todo gira a su alrededor, que lo merecen todo y ven injusto que se ponga límites a sus deseos.
  • Les cuesta adaptarse a las situaciones nuevas o que no son como ellos se esperan.
  • No son flexibles. Si creen que algo es de una forma determinada, les  cuesta cambiar de idea.
  • Son bastante radicales: no entienden el punto medio.
  • Son dados a tener rabietas, pataletas y lágrima fácil cuando no se les da lo que quieren.
  • Tienen una mayor predisposición a desarrollar cuadros de ansiedad y depresión al enfrentarse a conflictos mayores.
  • Cuando no se sabe gestionar la frustración, esta se acumula y aparecen sentimientos como la ira y la rabia. Ante ellos, el niño o adolescente puede tener una reacción agresiva, de resignación o apatía, de huida o, incluso, pueden somatizar esta tensión en forma de dolores físicos y cansancio.

Soluciones

No podemos evitar que los niños se disgusten por los problemas con sus amigos o en el colegio, pero podemos ayudarles a que relativicen esas situaciones y se sobrepongan a ellas. Te damos algunas claves para que les ayudes en su día a día mostrándole las herramientas para manejarse.

Inculca a tus hijos que hay muy pocas cosas verdaderamente importantes en la vida.

  • Pon límites. No por permitirles todo somos mejores padres. Los niños necesitan normas, algo que, además, les hace sentirse más seguros.
  • No le sobreprotejas. Ni metiendo a tu hijo en una burbuja evitarás que sufra. Un malestar, que, además, es insignificante al que sentirá cuando tenga que enfrentarse solo y sin un aprendizaje previo a los problemas.
  • Enséñale a convertir el disgusto por las notas en una nueva oportunidad. Hay niños que se disgustan mucho por haber sacado un suspenso o una nota más baja de la esperada. Debemos hacerles entender que lo importante es el esfuerzo y la perseverancia y no tanto la nota en sí. Dile que habrá cientos de exámenes más en los que podrá mejorar y que no se dé por vencido. Muéstrale que de todo se aprende, sobre todo, de los errores. Así, en lugar de enrocarse en los fracasos, verá nuevas oportunidades.
  • Ayúdale a relativizar los enfados con amigos y compañeros del cole. Hay niños que se toman a la tremenda estas discusiones o roces del día a día. Debemos enseñarles que, aunque ese problema les parezca un mundo, todo se arregla hablando. No cometas el error de intervenir: lo deben solucionar entre ellos. Eso sí, si hay un problema grave, como puede ser el acoso escolar, hay que dejarles claro que deben pedir ayuda a sus padres y profesores.
  • Evita que se frustre por perder en una actividad deportiva. Una competición o un partido perdido supone un gran disgusto para algunos niños. Aquí también es fundamental hacerles ver que es un partido más, que vendrán muchos más y que lo importante es divertirse, seguir preparándose y no tirar la toalla. Pero eso sí, los padres somos los primeros que debemos dar ejemplo, porque lo dicho no sirve de nada si nuestro hijo ve que gritamos como energúmenos infravalorando al otro equipo o al árbitro e, incluso, proferimos insultos. No olvidemos que los padres somos el espejo en el que se miran nuestros hijos.

Lo que de verdad importa

Dicen que todo tiene solución menos la muerte y es una gran verdad. La pérdida de un trabajo, una ruptura sentimental, un disgusto con un amigo, una oposición suspendida… todo tiene solución, aunque en ese momento nos cueste verlo, porque la vida sigue. Lo único que verdaderamente nos tiene que preocupar es que no nos falte la salud ni a nosotros ni a los nuestros. Pero incluso si esto pasa, hay que aprender a asimilarlo y aceptarlo como parte del ciclo de la vida, sin que esto signifique dejar de luchar. No permitas que el miedo y la baja autoestima te causen una constante preocupación por cosas que tienen una solución muy simple. Contra ello, relax y pensamientos positivos.

Y los adultos… ¿qué podemos hacer?

Debemos aprender desde niños a gestionar la frustración. Pero si has llegado a adulto sin conseguirlo, no lo des todo perdido. Te damos algunos consejos para tolerar los contratiempos y transformarlos en algo constructivo.

  • Reflexiona si es tan terrorífico que las cosas no salgan como las has planeado. Plantéate qué es lo peor que puede suceder y califica del 1 al 10 cuánto de horrible es la situación. ¿Es tan terrible como una enfermedad incurable?
  • No huyas del sentimiento que te provoca la frustración, pero tampoco te recrees en él. Acéptalo y deja que se vaya. Prueba a buscar 3 estrategias realistas para lograr aquello que quieres.

  • No te dejes dominar por aquellos pensamientos irracionales que tan relacionados están con la baja tolerancia a la frustración. Apúntalos en un papel y anota también cómo te hacen sentir. ¿Qué te aportan? ¿De qué te sirven? Busca alternativas que te hagan sentir mejor.
  • No evites las situaciones que te provocan frustración, porque te costará más enfrentarte a ellas y estarás dándoles más importancia. Exponte a ellas.
  • Mentalízate de que los fallos o errores no son un fracaso. Permítete equivocarte. A veces, es necesario parar o retroceder para coger impulso.
  • Diferencia bien lo que es un deseo, algo que te gustaría, pero que no pasa nada si no lo consigues, de una necesidad, algo sin lo que no podemos vivir.