Historias reales: “Una llamada de teléfono me salvó la vida”

El 25 de Noviembre fue el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. En todo el mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, principalmente por parte de un compañero sentimental. En España, cada año sufren maltrato unas 540.000 mujeres... Esta es la historia de una de ellas

 

Hace tres años que acabó el maltrato, que todo terminó, pero Ana aún tiembla cuando habla de Antonio. Y llora… Lo hace llena de rabia, dolor y culpa por no haber sabido cortar a tiempo, pero, sobre todo, porque su hija también viviera ese infierno. Las heridas físicas cicatrizaron hace mucho tiempo, pero las del alma… esas siguen estando ahí.

2Un novio celoso

“Cuando éramos novios, Antonio era muy celoso y lo peor era que eso me gustaba, porque me parecía que me quería mucho. No me dejaba ponerme minifaldas ni escotes, y si me veía hablando con cualquier chico, la liaba. Pero a mí, en esa época, nunca me pegó. Alguna vez, cuando se enfadaba, me agarraba fuerte y me insultaba porque decía que me comportaba como una buscona… Yo, que solo tenía ojos para él.

Poco a poco, me fue apartando de mis amigos, que no le gustaban. También de mi familia, porque decía que solo quería separarnos. Eso no me lo perdono… Cuando mi madre murió, hace cinco años, no me hablaba con ella.

Después de casarnos, nos fuimos a vivir a una localidad cercana donde él tenía su trabajo. Yo dejé el mío de dependienta y, muy pronto, me quedé embarazada de mi hija. A partir de ahí, mi casa se convirtió en mi cárcel. Él no quería que volviera a trabajar y yo prácticamente solo salía para comprar. Pensaba que así él estaría contento y seríamos felices. Qué equivocada estaba… Siempre había algo que le ponía furioso: las lentejas sosas, el salón desordenado, una camiseta que no aparecía, la niña que lloraba a la hora de la siesta…


La primera vez que me pegó fue la más dolorosa. Me dio un tortazo en la cara, pero me llegó hasta el corazón. No lloré. Me le quedé mirando sin creer lo que estaba pasando. Fue porque no me había dado tiempo a tener lista la comida… Le dije que como lo volviera a hacer, me iría con la niña a la casa de mis padres. Me pidió perdón y me aseguró que era fruto del estrés, pero también que mis continuos errores sacaban lo peor de él. Y yo pensaba que tenía razón: debía esforzarme porque sin él, creía no era nadie. Pero entré en un bucle del que no podía salir.

1Palizas continuas

Las palizas comenzaron a sucederse por cualquier motivo. Mi mayor miedo era que hiciera daño a la niña, aunque a ella nunca la había tocado, o que algún día me matara… Un par de veces fui a urgencias: la primera, porque me dislocó un brazo al tirarme por las escaleras y la segunda, por un ojo ensangrentado al golpearme contra un radiador. En ambas dije que había sido un accidente doméstico.

Según pasaba el tiempo, me iba sintiendo más triste y sola, y con más miedo. Si donde vivíamos alguien imaginaba lo que estaba pasando, no se le ocurría decirlo. Nadie quería meterse en líos. Además, él delante de la gente, se comportaba correctamente.

En una ocasión, mi exmarido, salió con sus amigos, algo que casi nunca hacía. Esa noche llegó muy borracho y entró a la habitación tambaléandose. Como la niña estaba durmiendo conmigo, la cogió para llevarla a su cama. Le dije que no lo hiciera porque se le iba a caer. Con una ira terrible, comenzó a golpearme. La pequeña se despertó y empezó a llorar asustada.

’¿Quién te crees que eres para darme lecciones? ¡Tú, que eres una mierda como mujer!”. Le grité que le iba a dejar y me iba a llevar a la niña, y me respondió que como lo hiciera, no pararía hasta matarme. Mi hija se echó sobre su espalda y le gritó: ‘Déjala ya. No pegues a mamá. Eres malo’. Antonio se la quitó de encima bruscamente y la niña se dio en la cabeza con la mesilla y se hizo sangre.

Yo me puse histérica mientras él lloraba pidiendo perdón. Afortunadamente, la brecha era superficial y aunque yo quería llevarla a urgencias, no lo hice porque él no me dejó. Después, tuvimos relaciones sexuales, como ocurría casi siempre tras una pelea. Así se tranquilizaba…


Pero esa fue la última vez. Al día siguiente, fui al ambulatorio para que echaran un vistazo a la niña y vi un cartel contra la violencia de género con un teléfono. Ese teléfono y esa llamada fue lo que me salvó la vida”