Rocío Jurado se fue el 1 de junio de 2006 convertida en todo un ejemplo de vitalidad. Valentía era un adjetivo que se le quedaba corto. Durante toda su vida recibió otros muchos: “Brava”, “provocadora”, “humilde”, “generosa”… Inspiró tantas crónicas que llegó un punto en el que resultaba casi banal informar sobre ella. Hasta que en 2004 apareció el cáncer. Maldito cáncer.

“Brava y generosa”

Mientras batallaba contra el cáncer no pudo evitar formularse preguntas existenciales. “¿Habré hecho lo correcto?”, se decía a sí misma cuando supo que “se acababa la vida”. Correcto o no, hizo lo que siempre creyó que era lo mejor para los demás. Ni siquiera para ella misma, porque detrás de esa personalidad arrolladora se escondía un ángel protector que siempre veló por los suyos. Con su primer sueldo (40 duros que ganó en un concurso de Radio Nacional al que le presentó su tío) compró zapatos para todos sus hermanos. “Bueno también los primeros para mí de tacón”, solía contar divertida. Era el gesto de una incipiente estrella que nunca entendería de egos.

Contra la censura

Rocío Jurado fue una adelantada a su tiempo que batalló con las imposiciones de la época. La primera, la censura. En 1972, la de Chipiona salió al escenario con un abrigo que le llegaba hasta los tobillos. Su actuación discurría con normalidad -entiéndase, con toda la normalidad que Rocío podía dar- pero en un momento dado se despojó de él para lucir un escueto traje negro de raso que escandalizó al censor de turno. Las llamadas a la cadena colapsaban la línea y no le quedó otra que cubrirse. “Mi destape ha sido más artístico que corporal. El destape es mucho más importante si es mental”, dijo en una ocasión.

Feminista confesa cuando aquel término resultaba impronunciable para la mayoría, Rocío dio durante el tardofranquismo una lección de valentía sin precedentes. Alardeó de libertad y durante una entrevista no dudó en cargar contra un periodista al preguntarle este por su talla de su sujetador. “El único sujetador que me importa es el mental. El que te tendrías que poner tú para no hacerme esas preguntas”, respondió airada.

Los amores de su vida

Sin embargo, no siempre pudo ponerse el mundo por montera y hacer lo que quiso. La autocensura del corazón es casi siempre la más férrea y, llegado el momento, Rocío no pudo dejarlo todo por amor. Cuenta Enrique García Vernetta, su primer novio, que muchos años después de su ruptura, a finales de los 80 y con su matrimonio con Pedro Carrasco agonizando, Rocío le pidió que fuera a buscarla. Una vez en el coche le espetó: “Pon el coche en marcha, da media vuelta y nos vamos”. A lo que un sorprendido García Vernetta respondió: “Rocío, tienes un marido y una hija esperándote”. Era la segunda vez que el valenciano le decía que no. La primera había sido mucho antes, a principios de los 70 , cuando ella le propuso que se casaran.

Fue entonces cuando apareció un atractivo boxeador que supo sanar esas heridas: Pedro Carrasco. Lo suyo fue un flechazo. Durante un festival benéfico y víctima de una avalancha de gentío que quería saludarla, Rocío perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos, allí estaba Pedro, que le susurró: “Si te hacen más guapa te estropean”. Allí nació una historia de amor que duró 14 años. Fueron una de las parejas de la época.

En 1988 cuando su hija Rocío tenía 11 años decidieron separarse. Siempre se rumoreó que fueron sus viajes por todo el mundo en calidad de artista lo que minaron su malogrado matrimonio con el boxeador. Lo suyo no pudo ser y cuando Rocío ya no aspiraba a volver a enamorarse un torero se cruzó en su vida en la sala de espera de un dentista.

José Ortega Cano fue el último en ocupar el corazón de Rocío. Se casaron en 1995 en una boda multitudinaria y poco después adoptaron dos niños en Colombia, José Fernando y Gloria Camila. Aquel posado a las puertas de su casa de La Moraleja, en Madrid, para presentar a los pequeños fue uno de los momentos más entrañables protagonizados por quien siempre se mostró cercana y sincera con los medios de comunicación. Incluso, cuando un cáncer irrumpió en su vida para arrasar con todo.

Finalmente, Rocío perdió aquella guerra, que no sería la única porque su muerte fracturaba una familia a la que ella unía como el mejor adhesivo. Los Mohedano ya nunca volverían a ser los mismos. Precisamente fue uno de ellos, Amador, quien anunció a la prensa el fatal desenlace. “A las cinco y cuarto de la mañana ha dejado de respirar”, dijo. A partir de ese momento, la cantante chipionera más famosa del mundo había dejado el mundo de los vivos para cantar en el de los muertos. Su voz ya era leyenda.