Lola Flores era como un buen truco de magia. No tenía varita ni chistera, pero sí una bata de cola con la que arrancar los vítores de todos cuantos la veían, con desconfianza al principio y con regocijo y gozo al final. Su arte resultaba fascinante, hipnótico y obligaba a quienes lo contemplaban a dejar de parpadear y a aplaudir hasta que dolieran las manos.

Ya lo dijo el New York Times: “No canta ni baila, pero no se la pierdan”. Y el mundo no se la perdió. Se convirtió en la folclórica más importante de los años 50. El dinero le trajo alegrías, pero también desgracias, y en los años 80 protagonizó un escándalo tributario que a punto estuvo de terminar con su carrera.

Pero con Lola Flores no podía nada ni nadie. O eso creía ella después de albergar un cáncer 23 años. Al final la enfermedad le ganó la partida y a los 72 años, pero con la misma fuerza de ese ciclón que corría por sus venas, se marchó para siempre.

Era el 16 de mayo de 1995 cuando España se vestía de luto para honrar a La Faraona. Embalsamada, con mantilla y los pies descalzos, 150.000 personas se despidieron de la cantante en el primer funeral multitudinario que se organizaba por un artista en nuestro país. Hasta para eso fue pionera.

Ha nacido un mito

Muchos años antes, cuando solo tenía 16, ya lo había sido convirtiéndose en una de las artistas más jóvenes en subirse a un tablao. Debutó en su Jerez natal, pero pronto un astuto Manolo Caracol se enamoró de sus encantos -profesionales y personales-.

Los contratos millonarios no tardarían en llegar y tampoco los flirteos con hombres que, por vivir al otro lado del charco, no habían crecido con las imposiciones de una España que en aquella época olía a sacristía.

Gary Cooper o Aristóteles Onassis fueron dos de los que se acercaron sin éxito a la ilustre española con proposiciones indecentes. Ninguno intimó con la cantante que, años después, escandalizaría a España confesando que el primero en mantener relaciones sexuales con ella había sido el guitarrista El Niño Ricardo. “Virgen solo ha habido una y esa es la Virgen María”, solía decir sin un ápice de vergüenza y con sentido del humor.

Lola y el amor

Hubo un tiempo en que Lola no tenía filtros. La democracia y el auge de las cadenas privadas en los años 90 le brindaron la posibilidad de triunfar en televisión con discursos de alto poder hipnótico. Con los espectadores charló de sexo, confesó que llegó a mantener relaciones a cambio de dinero -50.000 pesetas (300€) para ser exactos- y hasta se declaró a favor del aborto.

“Sí, me quité un par de embarazos y lo hice a conciencia porque no quería parir hijos sin casarme por la Iglesia. Hasta para eso tuve cabeza. No quise ir dejando hijos de uno y otro frívolamente”, confesó en una de sus últimas entrevistas.

Pero aquella etapa de breves romances -entre los que también estuvieron el futbolista Coque, el realizador de cine Rafael Romero Marchent o el torero Rafael Gómez Gallito- terminó cuando conoció al amor de su vida: Antonio González El Pescaílla.

De etnia gitana, el músico había tenido una hija de una relación anterior que a punto estuvo de costarle su matrimonio con Lola. Antonio se había negado a casarse con la madre de su hija y fueron muchos los gitanos que amenazaron con irrumpir en su boda con La Faraona y hasta con causarle la muerte.

Al final la boda sí se celebró. Fue en El Escorial, el 27 de octubre de 1957 a unas intempestivas seis de la mañana que sirvieron para despistar a los autores de aquellas amenazas. Solo hay que echar cuentas para saber que aquella fría madrugada la novia se casó embarazada de su primera hija, Lolita, que nació en abril de 1958. Después, en 1961 y 1963, nacieron sus otros dos hijos, Antonio y Rosario que, junto a la primogénita, cambiaron su mundo porque Lola dejó de ser de España para ser de sus hijos.

 

Historia de España

En 1972 un médico le preguntó a Lola Flores si era valiente. Ella, que era temperamento, raza, pasión y arrojo, dijo que sí, pero un instante después su vida se vino abajo. El doctor le dijo que tenía cáncer de mama y le aconsejó extirparle el pecho. La artista se negó, el médico aceptó con resignación su decisión y premonizó con la cruel seguridad que da la ciencia que el tumor no tardaría en reaparecer. Lo hizo en varias ocasiones, pero le dio a la artista una tregua de dos décadas.

Ya lo decía ella: “Aunque yo muera, seguiré viva. Seré eterna”. Y no se equivocaba porque aunque un testarudo cáncer la obligó a dejar el mundo de los vivos hace 27 años, su legado sigue presente con su arte y también con su apellido.

Se despidió de este mundo con la bata de cola puesta y no solo en sentido figurado. Apenas unos meses antes de morir, actuó en las Fallas de Valencia e incluso continuaba con su programa de televisión Ay Lola, Lolita, Lola donde todos parecían ser conscientes de que su estrella se apagaba menos ella. Finalmente, en la madrugada del 16 de mayo de 1995, Lola murió en su casa de Madrid acompañada de los suyos.

 

 

Además...

¿Cuándo murió Antonio Flores?

El 30 de mayo de 1995, solo 14 días después del fallecimiento de su madre.